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miércoles, 30 de enero de 2013

El primer escrito de la semana.


EL TRISTE RÉQUIEM DE UNA LIRA

En dedicatoria a mis amigos...

¿Estaba equivocado al querer traer a alguien de la muerte? ¿Me equivoqué al desear tal cosa?

Cuando despierta tu arguyo, es como una serpiente. Cada vez que me hieres, la serpiente te muerde en el talón. Pero, a diferencia, siempre voy al inframundo a rescatarte, a sacrificarme, solo con la infinita diferencia en que no te he rescatado por primera vez y ya te está mordiendo de nuevo en el talón.

No importa cuánto caso le haga a Hades ni cuantas promesas le haga por su favor, siempre te liberará. Pero no aprendo nunca que los muertos no reviven. Deseo siempre empeñar mi vida y traerte del inframundo, pero siempre, cuando estamos a punto de salir, me engaña una supuesta luz de la superficie y me doy cuenta de que eres una estatua imposible de sacar de las tinieblas.

Y si juro tocar mi lira por toda la eternidad, entonces, no querré que vengan a sacarme, pues creo que yo ya estoy muerto también. Vivo la diferencia de que siempre te traeré flores, y siempre lloraré tu eterna muerte, tu hermosa esfinge.

Cuando una flor muere, nunca vuelve a florecer. La vida ocurre sólo una vez, y eso hace que la vida sea tan hermosa, preciada y se desee vivirla una sola vez.

Créeme que yo te amo, incluso aquí en el infierno. Porque este amor trasciende la vida y la muerte, y por eso, ha de ser así: Porque tú eres Eurídice... y yo soy Orfeo.

Es así, como desaparece una tierna e inocente vida, ahogada y mordida por el veneno del orgullo, y es así como un verdadero amante sufre, tocando con su lira las más hermosas melodías, sólo, al oído de las bestias de las montañas.

Julio “El Gato” Díaz.